En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Conforme íbamos dejando atrás el mundo habitado, el sol se hundía más y más bajo en el norte y cada día permanecía más tiempo por encima del horizonte. Cuando alcanzamos los 62 grados de latitud sur, vimos los primeros icebergs -semejantes a mesas de lados verticales- y justo antes de alcanzar el círculo polar antártico, que cruzamos el 20 de octubre con el pintoresco ceremonial habitual, nos vimos bastante perturbados por el hielo. El descenso de la temperatura me molesté considerablemente después de la larga travesía tropical, pero traté de cobrar ánimos para hacer frente a los mayores rigores que se avecinaban. En muchas ocasiones me fascinaron los curiosos efectos atmosféricos; entre ellos un espejismo singularmente vívido, el primero que había visto nunca, en el que los distantes icebergs se convirtieron en cresterías de inimaginables castillos cósmicos.