En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Entramos a gatas por una de las ventanas y tratamos en vano de descifrar los dibujos murales casi borrados, pero no tratamos de perturbar el helado suelo. Los vuelos de orientación nos habían indicado que muchos de los edificios de la ciudad propiamente dicha estaban menos tapados por el hielo y que tal vez podríamos encontrar interiores completamente despejados que nos permitieran llegar al verdadero piso bajo si entrábamos en un edificio que aún conservara tejado. Antes de abandonar el bastión lo fotografiamos minuciosamente y estudiamos con verdadero asombro su ciclópea obra de mampostería sin argamasa. Hubiéramos deseado tener allí a Pabodie, que con sus conocimientos de ingeniería quizá nos hubiera ayudado a comprender cómo pudieron manejarse aquellos bloques titánicos en época increíblemente lejana en que habían sido edificados la ciudad y sus alrededores.