En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Qué extensión tendría el territorio que acabábamos de descubrir era cosa imposible de adivinar sin hacer alguna exploración. La estrecha y frecuente comunicación entre los distintos edificios hacía probable que pudiéramos pasar de uno a otro por puentes situados a un nivel inferior al de la capa glacial, exceptuando los casos en que nos lo impidieran los derrumbamientos locales y las fallas geológicas, pues parecía que el hielo había entrado poco dentro de los edificios. Casi todas las zonas de hielo transparente nos habían permitido ver bajo él ventanas fuertemente cerradas con postigos, como si la ciudad hubiera sido dejada en ese estado uniforme hasta que el hielo vino a cristalizar la parte baja para siempre. Realmente daba la impresión no poco curiosa de que la ciudad había sido clausurada deliberadamente y abandonada en algún remotísimo y oscuro periodo, y no que hubiera sido víctima de alguna imprevista catástrofe, y menos aún de una paulatina decadencia. ¿Acaso se previó la llegada del hielo y una población sin nombre conocido abandonó la ciudad en masa para ir en busca de habitáculos más propicio? Las condiciones fisiográficas precisas que acompañaron a la formación de la capa de hielo era cuestión cuya solución tendría que buscarse en otro momento. Estaba claro que no fue un impulso violento y repentino lo que obligó a la emigración. Tal vez fuera el peso de la nieve acumulada, o quizá alguna inundación del río, o algún glaciar que rompiera su milenario muro helado de contención allá en la gran cordillera lo que contribuyera a crear la actual situación que podíamos observar. La imaginación podía concebir casi cualquier cosa en relación con aquel lugar.


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