En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Si hubieran tenido alguna vaga semejanza con los fantásticos silbidos pertenecientes a una extensa escala musical que el informe de Lake acerca de sus disecciones nos había inducido a esperar y que nuestra exacerbada imaginación había reconocido en todas las ráfagas de viento que habíamos escuchado después de descubrir los horrores del campamento, al menos habrían tenido una especie de infernal congruencia con respecto a la región que nos rodeaba, muerta durante muchos eones. El lugar apropiado para una voz llegada de otras épocas es un cementerio de otras épocas. Pero el hecho fue que dicho sonido echó por tierra nuestras convicciones más arraigadas, toda nuestra tácita aceptación de la Antártida interior como desierto helado, total e irrevocablemente carente de cualquier vestigio de vida normal. Lo que oímos no fue el fabuloso sonido de la expresión blasfema de una antigua tierra en cuyas duras entrañas ultraterrenas un sol polar, rechazado durante incontables siglos, había provocado una monstruosa respuesta. Lejos de ello, fue algo tan burlonamente normal, tan inequívocamente habitual durante nuestros días de navegación por las aguas próximas a la tierra de Victoria y de campamento junto a la bahía de McMurdo, que nos estremecimos al pensar que pudiera darse allí, en donde no debían oírse tales cosas. En resumen, fue sencillamente el ronco graznido de un pingüino


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