En las montañas de la locura
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Supongo que la fantasía popular respondió activamente nuestros boletines radiotelegrafiados acerca de la partida de Lake hacia el noroeste para penetrar en regiones jamás holladas por pies humanos ni imaginadas por el hombre, aunque no mencionamos sus descabelladas esperanzas de revolucionar toda la ciencia biológica y geológicas. Su viaje inicial en trineo con el fin, de llevar a cabo perforaciones, realizado entre el 11 y el 18 de enero con Pabodie y otros cinco y deslucido por la pérdida de dos perros en un vuelco al cruzar uno de los grandes caballones de hielo, habían proporcionado nuevas muestras de pizarra de la era precámbrica y hasta yo me sentí interesado por la singular profusión de marcas evidentemente fósiles en aquel estrato de increíble antigüedad. Esas marcas, sin embargo, respondían a formas de vida muy primitivas y no ofrecían otra paradoja que el hecho de darse en rocas tan claramente precámbricas como aquéllas parecían ser, por eso seguía yo sin encontrar razonable la exigencia de Lake de hacer un paréntesis en nuestro programa, preparado con la intención de ahorrar tiempo. Este paréntesis exigía la utilización de los cuatro aeroplanos, de muchos hombres y de la totalidad del equipo mecánico de la expedición. Finalmente no veté el proyecto, aunque decidí no acompañar al grupo al Noroeste, a pesar. de que Lake me había pedido mi asesoramiento como geólogo. Mientras ellos estuvieran fuera, yo permanecería en la base con Pabodie y cinco hombres más tra zando los planes definitivos para el traslado hacia el Este. Con vistas a este traslado, uno de los aeroplanos había empezado ya a transportar una buena cantidad de gasolina desde la bahía de McMurdo, pero esto podía esperar por el momento. Me reservé un trineo y nueve perros, pues era imprudente quedarse sin ninguna posibilidad de transporte en un mundo totalmente deshabitado y muerto durante muchos eones.
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