En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Todo estaba en orden en el aeroplano. Nos vestimos torpemente las gruesas pieles de vuelo. Danforth puso en marcha el motor sin dificultad, despegamos suavemente y volamos por encima de aquella ciudad maldita. Bajo nosotros, los ciclópeos edificios arcaicos aparecían diseminados como los vimos la primera vez; comenzamos a ganar altura y a virar para probar el viento antes de enfilar ‘la garganta. A grandes alturas debía haber una gran perturbación atmosférica, pues las nubes de polvo de hielo del cenit se retorcían formando toda clase de extrañas figuras; pero a veinticuatro mil pies, la altura que necesitábamos alcanzar para pasar por el desfiladero, encontramos condiciones de vuelo favorables. Al aproximarnos a ‘las puntiagudas cumbres, volvimos a oír los extraños silbidos del viento, y vi que las manos de Danforth temblaban sobre las palancas de mando. Aunque un simple aficionado, pensé que en aquel momento tal vez fuera yo mejor que él para gobernar el avión al cruzar la cordillera volando en la vecindad de aquellos picachos, y cuando le hice señas para que cambiáramos de asiento, Danforth no protestó. Traté de poner en práctica toda mi escasa pericia y el control de mí mismo y dirigí la mirada hacia el trozo de cielo rojizo que se asomaba por entre las paredes del desfiladero› negándome decididamente a prestar atención a los jirones de niebla de las cumbres, y deseando tener taponados los oídos, como los marineros de Ulises al pasar cerca de la costa de las sirenas, para no oír los inquietantes silbidos del viento.


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