En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Sentí alivio cuando el espejismo comenzó a desvanecerse, aunque en el proceso de disolución los diversos conos y torres de pesadilla adoptaron temporalmente formas distorsionadas aún más horrorosas. Cuando todo aquel engañoso espectáculo se desvaneció para sofocarse en ebullente opalescencia, comenzamos a mirar otra vez hacia tierra, y advertimos que no estaba lejos el fin de nuestro viaje. Las desconocidas montañas que teníamos ante nosotros se elevaron vertiginosamente como imponente muralla ciclópea dejando ver con sorprendente claridad sus curiosas regularidades aun sin ayuda de prismáticos. Ya volábamos sobre las estribaciones más bajas y podíamos distinguir entre la nieve, el hielo y los retazos desnudos de la meseta principal un par de puntos oscuros que supusimos eran el campamento de Lake y las perforaciones hechas por éste. Las estribaciones más altas se elevaban a unas cinco o seis millas de distancia formando una cadena casi independiente de la aterradora cordillera del fondo, con picos más altos que el Himalaya. Al fin, Ropes -el estudiante que había relevado a McTighe en los mandos del aparato- comenzó a descender hacia el punto oscuro de la izquierda, cuyo tamaño hacía suponer que se trataba del campamento. Mientras lo hacía, McTighe transmitió el último mensaje no censurado que el mundo iba a recibir de nuestra expedición.