Herbert West: Reanimador
Herbert West: Reanimador El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la lámpara de alcohol —que hacÃa las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin instalación de gas—, cuando de la habitación que habÃamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demonÃaca sucesión de gritos jamás oÃda por ninguno de los dos. No habrÃa sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonÃa inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza animada. No podÃan ser humanos —un hombre no es capaz de proferir gritos as×; y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad que lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corrÃamos frenéticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras adoptamos una actitud más contenida… lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas trasnochadores que regresaban a casa después de una francachela. No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de West, y allà estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora nos habÃamos serenado un poco discurriendo teorÃas plausibles y sugiriendo ideas prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el dÃa, en lugar de asistir a clases. Pero esa tarde aparecieron dos artÃculos en el periódico, sin relación alguna entre sÃ, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada de Chapman habÃa ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe montón de cenizas; eso lo entendÃamos, ya que habÃamos volcado la lámpara. El otro, informaba que habÃan intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común, como si hubiesen hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos resultaba incomprensible, ya que habÃamos aplanado muy cuidadosamente la tierra húmeda.