La llave de plata
La llave de plata Williams era un soñador, y sólo tenía veintitrés años; y cuando se mudó a la casa antigua, percibió en el hombre arrugado y gris de la habitación vecina algo extraño, un soplo de viento cósmico. Le obligó a admitir su amistad cuando los viejos amigos no se atrevieron a imponerle la suya, y se maravilló ante el espanto que dominaba a aquel hombre lúgubre y demacrado que observaba y escuchaba. Porque nadie podía dudar que andaba siempre vigilando y escuchando. Vigilaba y escuchaba con la mente más que con la vista y el oído, y pugnaba a cada instante por ahogar alguna cosa en su incesante lectura de alegres e insípidas novelas. Y cuando las campanas de la iglesia empezaban a tañer, se tapaba los oídos y gritaba, y el gato gris que vivía con él maullaba al unísono, hasta que se apagaba reverberando el último tañido.