La llave de plata
La llave de plata Dominado por la impresión de que nuestro mundo tangible es sólo un átomo de un tejido inmenso y siniestro, y que desconocidas potencias presionan y penetran la esfera de lo conocido en cada punto, Northam, durante su juventud y en la primera etapa de su madurez, apuró, una tras otra, las fuentes de la religión formal y el misterio de lo oculto. En ninguna parte, sin embargo, pudo encontrar satisfacción y contento; y al comenzar a envejecer, los achaques y las limitaciones de la vida se fueron volviendo cada vez más enloquecedoras para él. Durante los años noventa se interesó por el satanismo, y siempre devoró con avidez cualquier doctrina o teoría que pareciera prometerle la huida de las cerradas perspectivas de la ciencia y de las leyes tediosamente invariables de la Naturaleza. Sorbía con entusiasmo libros como el relato quimérico de Ignatius Donnelly sobre la Atlántida, y una docena de oscuros precursores de Charles Fort le cautivaron con sus extravagancias. Recorrió leguas para seguir la pista de un relato sobre un pueblo furtivo de anormales prodigiosos, y una de las veces fue al desierto de Arabia en busca de la Ciudad Sin Nombre, de la que había oído hablar vagamente, y que ningún hombre había contemplado. Allí sintió nacer en su interior la fe tentadora de que existía un acceso fácil a dicha ciudad, y de que si uno lo encontraba, se le abrirían libremente las profundidades exteriores cuyos ecos vibraban tan oscuramente en el fondo de su memoria. Puede que estuviera en el mundo visible; o quizá estaba sólo en su mente y en su alma. Tal vez guardaba él, dentro de su cerebro, aquel vínculo misterioso que le despertaría a las vidas anteriores y futuras de olvidadas dimensiones; que le uniría a los astros, y a las infinitudes y eternidades que se encuentran más allá de todos ellos…