La llave de plata
La llave de plata Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartÃa. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leÃdo todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayorÃa, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espÃritu del mal —el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo— que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca habÃa visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenÃa aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones…, ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea asÃ, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartÃa más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me habÃa dominado, y a veces le temÃa. Recuerdo cómo me estremecà ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teorÃa, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenÃa la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenÃa mucho que ver con el libro que Warren llevaba —aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le habÃa llegado de la India un mes antes—, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasÃa asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veÃanse señales de descuido y decrepitud, y parecÃa acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadÃamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecÃan brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquÃsimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.
