La Sombra sobre Innsmouth
La Sombra sobre Innsmouth Cuando volvió a salir de la droguerÃa, me fijé más en él y traté de descubrir el motivo por el que me habÃa causado tan mala impresión. Era un hombre flaco, de hombros caÃdos y uno setenta de estatura o tal vez menos. Llevaba un traje azul raÃdo y una deshilachada gorra de golf. DebÃa tener unos treinta y cinco años, aunque las dos arrugas que le surcaban el cuello a ambos lados le hacÃan parecer más viejo, si no se fijaba uno en su rostro inexpresivo y apagado. TenÃa la cabeza estrecha y unos ojos saltones de color azul claro que no pestañeaban; su barbilla y su frente eran deprimidas, y tenÃa unas orejas más bien rudimentarias y atrofiadas. Sus labios eran grandes y abultados; sus mejillas, cubiertas de poros abiertos y de costras, daban la sensación de carecer casi totalmente de barba, aparte algunos pelos amarillos tan irregularmente repartidos por la cara, que junto con las rugosidades de la piel, más que otra cosa parecÃan calvas producidas por alguna enfermedad. Sus manos enormes, surcadas de venas, eran de un increÃble gris azulado; tenÃa los dedos sorprendentemente cortos y desproporcionados, como encogidos hacia adentro de sus tremendas palmas. Al dirigirse hacia el autobús, noté su forma de bamboleante de andar. Sus pies eran igualmente desmesurados, y cuanto más se los miraba, más difÃcil me parecÃa que pudiera encontrar zapatos a su medida.