El antifaz de los Bristol
El antifaz de los Bristol Pero no estaban preparados para lo que salió de allí.
La puerta se abrió con un rechinido que se perdió entre los truenos. Dentro, la penumbra parecía devorar la luz de las linternas.
Y entonces, la silueta emergió.
Primero fueron los ojos: dos esferas frías, carentes de humanidad, reflejando la luz de los faros como un animal al acecho.
Luego, los pasos: firmes, pesados, inhumanamente calculados.
Finalmente, la figura completa.
No era un hombre.
Era una máquina.
Alto, delgado, con extremidades de un metal oscuro y brillante, su estructura era una mezcla imposible entre ingeniería y pesadilla. Un autómata de precisión quirúrgica, con un rostro liso y sin expresión, diseñado para una única función: ejecutar.
El horror se apoderó de Weston y los otros hombres.
—¿Qué demonios es eso? —susurró uno.
Richard se giró hacia ellos, con una serenidad escalofriante.
—Mi herencia.
El androide dio un paso más. Luego otro.
Weston levantó el arma.