Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Permitid o, mejor, perdonad que os lo exponga brevemente. Y digo perdonad porque, en nuestro tiempo, se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca de Dios, sin que se nos tache de pedantes. «Dios es el ser insuperablemente perfecto —ens perfectissimun— a quien nada puede faltarle. Tiene, pues, que existir, porque si no existiera le faltarÃa una perfección: la existencia, para ser Dios. De modo que un Dios inexistente, digamos, mejor, no existente, para evitar equÃvocos, serÃa un Dios que no llega a ser Dios. Y esto no se le ocurre ni al que asó la manteca.» El argumento es aplastante. A vosotros, sin embargo, no os convence: porque vosotros pensáis, con el sentido común —entendámonos: el común sentir de nuestro tiempo—, que «si Dios existiera, serÃa, en efecto, el ser perfectÃsimo que pensamos de Él; pero de ningún modo en el caso de no existir». Para vosotros queda por demostrar la existencia de Dios, porque pensáis que nada os autoriza a inferirla de la definición o esencia de Dios.