Juan de Mairena I
Juan de Mairena I —Señores (habla RodrÃguez, aventajado discÃpulo de Mairena): Nadie menos autorizado que yo para dirigiros la palabra: mi ingenio es nulo; mi ignorancia, casi enciclopédica. Encomiéndome, pues, a vuestra indulgencia. ¿Qué digo indulgencia? ¡A vuestra misericordia!
La clase.-iBien!
Mairena.-No se achique usted tanto, señor RodrÃguez. Agrada la modestia, pero no el propio menosprecio.
—Señores (habla RodrÃguez, erguido, ensayando un nuevo exordio): Pocas palabras voy a deciros; pero estas pocas palabras van a ser buenas. Aguzad las orejas y prestadme toda la atención de que seáis capaces.
Silencio de estupefacción en la clase.
Una voz.-Nos ha llamado burros.
El orador (mirando a su maestro).-¿Sigo?
Mairena.-Si es cuestión de riñones, adelante.
* * *Amar[39] a Dios sobre todas las cosas —decÃa mi maestro Abel MartÃn— es algo más difÃcil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos[40]: primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero, que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos.
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