Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Nosotros procurarÃamos —hablo siempre de nuestra escuela— no ser pedantes, sin que esto quiera decir que nos obligásemos a conseguirlo. La pedanterÃa va escoltando al saber tan frecuentemente como la hipocresÃa a la virtud, y es, en algunos casos, un ingenuo tributo que rinde la ignorancia a la cultura. Es mal difÃcil de evitar. Nosotros ni siquiera nos atrevemos a condenarlo en bloque, sin distingos. Porque hemos observado cuán sañosamente se apedrea la forma más disculpable de la pedanterÃa, que es aquella jactancia de saber que muchas veces acompaña a un saber verdadero. Y, en este caso, quien lapida al pedante descalabra al sabio. Y aun puede que sea esto último lo que se propone. ¡Cuidado! Porque nosotros no hemos de incurrir en tamaña injusticia.
* * *¿Pretenciosos? Sin duda, lo somos[238] —respondemos—; pero no presumidos ni presuntuosos. Porque nosotros de nada presumimos ni, mucho menos, presuntuamos. Pretendemos, en cambio, muchas cosas, sin jactamos de haber conseguido ninguna de ellas. Modestos, con la modestia de los grandes hombres, y el modesto orgullo a que aludÃa mi maestro. Tales somos, tales quisiéramos ser para nuestra Escuela de SabidurÃa.
* * *