Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Superfluo es decir que nosotros no podemos interesarnos demasiado ni por la filantropía, con sus instituciones de beneficencia, higiene y vigilancia, ni tampoco por los elementos de coacción legal (guardia rural, urbana y fronteriza), mientras no averigüemos si la especie humana, en su totalidad, debe o no debe ser conservada, cuestión esencialísima, o bien —cuestión no menos esencial— si necesariamente ha de ser conservada, o si pudiera no conservarse. Y si os place que nos interesemos anticipadamente por esas instituciones, que serían a última hora medios cuyos últimos fines aún[257] desconocemos, hemos de hacerlo sin invocar principios en los cuales no podemos todavía creer.
***Si estudiaseis el floklore religioso de nuestra tierra, os encontraríais[258] con que la observación del orden impasible de la Naturaleza hace creyentes a muchos de nuestros paisanos, y descreídos a otros muchos. Y es que en esto, como en todo, hay derechas e izquierdas. «Siento que no haiga Dios -oí decir una vez—, porque eso de que todo[259] en este mundo se tenga de caé siempre d'arriba abajo...» Y otra vez: «¡Bendito sea Dios, que hace que el sol sarga siempre por el Levante!»
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