Juan de Mairena
Juan de Mairena Al hombre pĂşblico, muy especialmente al polĂtico, hay que exigirle que posea las virtudes pĂşblicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. DecĂa mi maestro Abel MartĂn —habla Mairena a sus discĂpulos de SofĂstica— que un hombre pĂşblico que queda mal en pĂşblico es mucho peor que una mujer pĂşblica que no queda bien en privado. Bromas aparte —añadĂa—, reparad en que no hay lĂo polĂtico que no sea un trueque, una confusiĂłn de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.
Procurad, sin embargo, los que vais para polĂticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacĂ©osla vosotros mismos, para evitar que os la pongan —que os la impongan— vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rĂgida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.
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¡Figuraos
si habré metido mal caos
en su cabeza, Don Juan!
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ÂżDĂłnde me han dicho a mà —se decĂa Juan de Mairena— esta frase tan graciosa? Acaso en los pasillos del Congreso… ¡QuiĂ©n sabe! ¡Hay tantos sitios dĂłnde se abusa de la inocencia!
