Viaje alrededor de mi habitacion
Viaje alrededor de mi habitacion ¡Cuán dulce y melancólico goce no habría de experimentar un hombre sensible al acercarse a aquella infortunada para consolarla! Mientras que, sentado en el césped a su lado, trato de disuadirla del horrible sacrificio y, mezclando mis suspiros con los suyos y mis lágrimas con sus lágrimas, me esfuerzo por distraerla en sus dolores, las gentes de la ciudad acuden a casa de la señora de A..., cuyo marido acaba de morirse de un ataque de apoplejía. Resuelta también ella a no sobrevivir a su desgracia, insensible a las lágrimas y a las súplicas de sus amigos, se deja morir de hambre, y desde esta mañana, que han venido imprudentemente a anunciarla la noticia, la infortunada no ha comido mas que un bizcocho y no ha bebido más que una copita de vino de Málaga. No concedo a esta mujer desolada más que la simple atención necesaria para no infringir las leyes de mi sistema universal y me marcho en seguida de su casa, porque soy, naturalmente, escrupuloso y no quiero confundirme con una multitud de consoladores, ni tampoco con las personas demasiado fáciles de consolar.