Viaje alrededor de mi habitacion

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La localidad contribuye por lo menos tanto al afecto que sentimos por el país natal. Se presenta con referencia a esto una cuestión muy interesante: se ha notado siempre que los montañeses son, entre todos los pueblos, los que tienen más apego a su país, y que los pueblos nómadas habitan, en general, las grandes llanuras. ¿Cuál puede ser la causa de esta diferencia en el amor de estos pueblos a la localidad? Si no me equivoco, es ésta: en las montañas la patria tiene una fisonomía; en las llanuras no la tiene. Es una mujer sin facciones, que no hay medio de amar a pesar de todas sus buenas cualidades. ¿Qué le queda, en efecto, de su patria local al habitante de una aldea de casas de madera, cuando, después del paso del enemigo, la aldea ha sido quemada y los árboles tronchados? El desgraciado busca en vano en la línea uniforme del horizonte algún objeto conocido que pueda suscitar sus recuerdos; no existe ninguno. Cada punto del espacio le presenta el mismo aspecto y el mismo interés. Aquel hombre es nómada de hecho, a menos que la costumbre del Gobierno no le haga permanecer en su país; pero su morada estará aquí o allí, no importa dónde; su patria está dondequiera que el Gobierno ejerce su acción; no tendrá más que una patria a medias. El montañés se siente ligado a los objetos que está habituado a ver desde su infancia, y que tienen formas visibles e indestructibles; desde todos los puntos del valle ve y reconoce su pedazo de tierra sobre las laderas del monte. El ruido del torrente, que hierve entre las rocas, no se interrumpe nunca; el sendero que conduce a la aldea se tuerce cerca de un bloque inmutable de granito. Ve en sueños el contorno de las montañas, que lleva impreso en su corazón como después de haber mirado largo rato las vidrieras de una ventana todavía se las sigue viendo con los ojos cerrados; el cuadro grabado en su memoria forma parte de él mismo y no se borra nunca. En fin, los recuerdos mismos se ligan con la localidad; pero es preciso que tenga objetivos cuyo origen sea ignorado y de los cuales no se pueda prever el fin. Los antiguos edificios, los viejos puentes, todo lo que tiene el carácter de grandeza y de larga duración, reemplaza, en parte, a las montañas en el amor a la localidad; sin embargo, los monumentos de la Naturaleza tienen más poder sobre el corazón. Para dar a Roma un apelativo digno de ella, los orgullosos romanos la llamaron la ciudad de las siete colinas. La costumbre adquirida nunca puede ser destruida. El montañés, en su edad madura, no siente ya afecto hacia las localidades de una gran ciudad, y el habitante de las ciudades no puede convertirse en un montañés. De aquí viene acaso que uno de los más grandes escritores de nuestros días, que ha descrito genialmente los desiertos de América, ha encontrado los Alpes mezquinos, y el Mont-Blanc considerablemente demasiado pequeño.


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