En una pension alemana
En una pension alemana —¿Cree usted que debemos invitarla a venir con nosotros? —dijo Fräulein Elsa, reajustándose la banda color rosa de su cinturón ante mi espejo—. ¿Sabe usted? A pesar de ser tan intelectual, no puedo menos de creer que tiene alguna pena Ãntima. Y Lisa me ha contado esta mañana, mientras arreglaba la habitación, que se pasa horas escribe que te escribe a solas. Como que ella asegura que está escribiendo un libro. Sin duda por eso no le gusta mezclarse con nosotros y cuenta con tan poco tiempo para dedicarlo a su marido y a la niña.
—Bien, invÃtela usted —dije—. Yo no he hablado nunca con esa señora.
Elisa se sonrojó levemente.
—Sólo he hablado con ella una vez —confesó—. Le llevé a su cuarto una brazada de flores silvestres y ella salió a la puerta en bata blanca y con el cabello suelto. No olvidaré jamás aquel momento. Acababa de coger las flores cuando le oà decir (porque la puerta no estaba cerrada del todo), le oà decir a medida que me alejaba por el pasillo: «La pureza y la fragancia. La pureza de la fragancia y la fragancia de la pureza.» ¡Fue maravilloso!
En aquel momento Frau Kellermann llamó a la puerta.
