En una pension alemana
En una pension alemana La patrona llamó a la puerta.
—Adelante —gritó Viola.
—Una carta para usted —dijo, sujetando el sobre verde con una punta de su sucio delantal—. Una carta traÃda en mano.
—Gracias.
Viola, arrodillada en el suelo, hurgaba la polvorienta estufilla. Extendió la mano y preguntó:
—¿Espera respuesta?
—No, el portador se fue.
—Ah, muy bien.
No miró a la cara de la patrona. Estaba avergonzada de no haber pagado el alquiler, y sin hacerse ilusiones, se preguntaba, espantada, cuándo comenzarÃa aquella mujer a escandalizar de nuevo.
—En cuanto a ese dinero que me debe...
«¡Dios mÃo! Ya se ha disparado», pensó Viola volviéndole la espalda y haciendo gestos a la estufa.
—O paga o fuera —la patrona, levantando la voz, empezaba a vociferar—: Soy una señora, eso es. Y una mujer honrada. Haré que lo aprenda. No quiero en mi casa piojos que me carcoman los muebles y me lo estropeen todo. El dinero, o se va mañana a la calle antes de las doce.
