En una pension alemana

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LA LLAMARADA

—Max, no seas tonto. Te vas a romper la cabeza si sigues bajando así la pista. Déjalo y vente al Club conmigo.

—Tengo ya bastante por hoy y estoy enteramente calado. Anda, Víctor, dame un cigarrillo. ¿Cuándo vas a volver a casa?

—Aún estaré aquí una hora. Hace bueno esta tarde y me voy sintiendo decorosamente en forma. ¡Cuidado! Sal del camino. Ahí viene Fräulein Wiakel. Maneja el trineo con endiablada elegancia.

—Estoy helado hasta los huesos. Eso es lo malo que hay aquí: la niebla. Este frío húmedo. ¡Eh, Forman! Cuida de este trineo y guárdalo por ahí, de modo que mañana pueda dar con él sin tener que andar buscándolo entre centenar y medio.

Se sentaron en un velador junto a la estufa y pidieron café. Víctor, esparrancado en la silla, acariciaba a Bob, el perrito castaño, y miraba a Max, sonriéndose a medias.

—¿Qué te pasa, amigo? ¿No marchan las cosas viento en popa?

—Quiero café y quiero meterme los pies en el bolsillo. Los tengo como témpanos. De comer, nada, muchas gracias. La tarta aquí es goma a medio cocer.


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