En una pension alemana
En una pension alemana Aquélla era su parada. Vaciló un poco al salir y se fue contra la muchacha que estaba a su lado. «Usted dispense», dijo Rosabel. Pero la chica ni siquiera la miró. Pudo ver que sonreÃa con lo que estaba leyendo.
Westbourne Grove tenÃa el mismo aspecto que ella imaginó siempre habÃa de presentar Venecia por la noche. Misterioso y obscuro, hasta los coches de alquiler eran como góndolas que se deslizaran arriba y abajo, y sus luces, rielando fantasmagóricas —lenguas de fuego que lamÃan la calle mojada—, mágicos peces que nadaran en el Gran Canal. Se sintió más que satisfecha de llegar a Richemond Road. Pero desde la parada al número veintiséis no hizo más que pensar en los cuatro tramos de escalera que le aguardaban. ¡Qué escalera! Era un verdadero crimen el pretender sólo que alguien pudiera vivir en esas alturas. Todas las casas debieran tener ascensor, cosa sencilla y barata, o una escalera eléctrica como la de Earl's Court. ¡Pero cuatro pisos! Al entrar en el portal y ver ante sà el primer tramo con la cabeza disecada del albatros en el rellano reluciendo mortecinamente a la luz del mechero de gas, estuvo a punto de echarse a llorar. Nada, habÃa que afrontar aquello; era algo asà como remontar una loma en bicicleta, aunque sin la satisfacción de bajar a toda velocidad por el otro lado.