En una pension alemana
En una pension alemana Y la noche transcurrió. Y los helados dedos de la aurora se cerraron sobre su mano destapada. Una claridad grisácea inundó la sórdida habitación, y Rosabel, estremeciéndose, dio un pequeño bostezo y se incorporó. Y como había heredado aquel trágico optimismo que con demasiada frecuencia suele ser la única herencia de la juventud, aún medio dormida, sonrió con leve temblor nervioso en torno de los labios.