En una pension alemana
En una pension alemana Subí a cubierta. El mar, de un verde brillante, estaba agitado por las olas. Todas las bellezas y flores de estufa de Francia se habían quitado los sombreros, ciñéndose un velo a la cabeza. Algunos jóvenes alemanes se paseaban, exhibiendo su corpulencia característica bajo trajes de color claro con hechura de pijama. Grupos de familias francesas —el elemento femenino sentado en sillas, el masculino reclinado con graciosas actitudes sobre la borda— conversaban con esa brillantez que proviene del roce. Encontré una silla en el rincón que formaba un blanco mamparo. Pero, desgraciadamente, en él se abría una ventanilla con la finalidad de proporcionar divertimiento incesante al curioso que quisiera mirar por ella a los «valientes» que se paseaban «alante» y que eran salpicados y batidos por las olas. Durante la primera media hora resultaba extraordinariamente divertido aquello de mojarse y ser invitado a no hacerlo; de llegar a pisar los lugares de más peligro, para que al volver le riñeran a uno. Pero a la larga se hizo cansado y los grupos fueron quedándose callados. Se veía a los viajeros mirando el mar fijamente... y bostezando. Tornáronse esquivos y taciturnos. De improviso una joven tocada con una caperuza de lana ornada de lazos color cereza se levantó de la silla y se inclinó fuera de la barandilla. La observaba con vaga simpatía, cuando un joven que había estado sentado al lado de ella le gritó: