En una pension alemana
En una pension alemana Me remontaba majestuosamente en las flamantes alas de mi fantasÃa, cuando Madame entró a decirme que no disponÃa de habitación para mÃ. Ni una cama ni un solo rincón estaban libres. Se mostró muy amable, y parecÃa encontrar en aquello algún secreto motivo de regocijo, pues me miraba como si esperase que fuera yo a echarme a reÃr de contento.
—Mañana —dijo— creo que habrá. Espero que se vaya del once un joven que se ha sentido indispuesto repentinamente. Ahora está en la farmacia. ¿Quiere tomarse la molestia de ver su habitación?
—De ningún modo —repliqué—. Y no siento deseos tampoco de dormir mañana en la alcoba del joven indispuesto.
—Pero él se habrá ido —exclamó Madame abriendo mucho sus ojos azulados y riendo con esa cordialidad francesa tan grata a los oÃdos ingleses.
Estaba demasiado cansada y demasiado hambrienta para celebrar aquello o protestar.
—Quizá pueda recomendarme otro hotel.
—Imposible —denegó con la cabeza, y se quedó mirando los arcos azules que decoraban el techo como si les pasara revista—. Comprenda usted. Estamos en plena temporada y la gente no quiere alquilar sus habitaciones por tan poco tiempo.