En una pension alemana
En una pension alemana La niña arrancó una página y me la tiró.
—Ahà lo tenéis —dijo—. Lo he hecho para fastidiar a mami por haberme encerrado aquà con vosotros. He pintado eso que ella dijo que no debÃa pintar nunca. He hecho eso que ella dijo que me matarÃa si lo hacÃa. No me importa, no me importa.
La criatura habÃa dibujado la figura de una mujer disparando sobre un hombre con un rifle corto, y luego cavando una fosa para enterrarlo.
Saltó del mostrador y quedó en pie haciendo raros movimientos y mordiéndose las uñas.
Jim y yo estuvimos allà sentados hasta el alba con el dibujo al lado. La lluvia cesó, y la niñita se quedó dormida, respirando ruidosamente. Nos levantamos, salimos del barracón a hurtadillas y fuimos al pastizal. Sobre el cielo sonrosado flotaban blancas nubecillas. Soplaba un viento helado y el aire olÃa a hierba mojada. Cuando estábamos montados, Jo salió del barracón y nos hizo señas de que nos fuéramos.
—Os alcanzaré más tarde —gritó.
Un recodo del camino, y todo aquel paraje habÃa desaparecido.