En una pension alemana
En una pension alemana Hombres jóvenes y viejos con grandes chaquetones, altas botas y látigos para el ganado, ocupaban medio local. Tras del mostrador, una muchacha gruesa y pelirroja manipulaba las manivelas de la cerveza y animaba a los bebedores. El viejo Underwood se escurrió hacia un lado como un gato. Nadie le miró; pero los hombres sí se miraban unos a otros y algunos se daban con el codo. La muchacha, que servía a un cliente, movió la cabeza e hizo un guiño. Sacó algunas monedas del pañuelo anudado y las deslizó sobre el mostrador. Su mano temblaba y no dijo palabra. La muchacha no se dio por enterada. Fue sirviendo a todos, siguió charlando, y, luego, como por casualidad, empujó hacia él un vaso de cerveza. Había un gran jarro con claveles rojos sobre el mostrador, y el viejo Underwood se los quedó mirando con ceño fruncido mientras bebía. «Rojo, rojo, rojo, rojo», golpeaba el martillo. El bar estaba caldeado y tan tranquilo como una balsa, a no ser por las conversaciones y por la muchacha que seguía riéndose. «¡Ja, ja!» Y eso era lo que gustaba a los hombres; porque al reír echaba hacia atrás la cabeza y sus grandes pechos se alzaban y estremecían.
En un rincón había un forastero que señaló hacia el viejo Underwood.