En una pension alemana
En una pension alemana Millie volvió a la cocina. Echó carbonilla sobre el hornillo y la salpicó con agua. Perezosamente le corría el sudor por el rostro, goteando de la nariz y el mentón, mientras quitaba la mesa de la comida. Fue a la alcoba, se miró en el espejo, maculado por las moscas, y se enjugó el rostro y el cuello con la toalla. No sabía qué le pasaba aquella tarde. Con gusto se habría puesto a llorar sin motivo, y luego, cambiándose de blusa, se hubiera tomado una buena taza de té. Sí, así se sentía.
Dejándose caer en el borde de la cama se quedó mirando al grabado de colores que estaba en la pared de enfrente: «Una fiesta en el jardín del castillo de Windsor.» En primer término campos esmeralda con enormes robles, y, a su sombra grata, un revoltijo de damas, caballeros, sombrillas y veladores. El fondo estaba ocupado por las torres del castillo, donde ondeaban tres banderas marciales inglesas. En medio del cuadro estaba la vieja soberana semejante a un cubretetera de trapo con una cabeza de porcelana. «¿Será realmente así?» Millie se quedó mirando a las floridas damas que le sonreían bobamente. «No me interesa nada de eso. Demasiada bambolla. ¿Qué más da la reina que otra cosa cualquiera?»