En una pension alemana
En una pension alemana La criada que abrió era hermana gemela de aquella eficiente y odiosa criatura que en «La Mejor Pintura Francesa» llevaba una sopera. Su cara redonda brillaba como porcelana recién lavada. TenÃa también un par de brazos enormes y desnudos y la abigarrada mata de pelo peinada formando una especie de lazo. Balbucà ridÃculamente, como el que se ha quedado sin aliento. Cualquiera hubiese creÃdo que tenÃa a mis espaldas una manada de lobos siberianos, y no cinco pisos de escaleras francesas primorosamente enceradas.
—¿Tiene habitación?
La criada lo ignoraba. TendrÃa que preguntarlo a Madame. Pero Madame estaba comiendo.
—¿Quiere hacer el favor de pasar?
La seguà hasta la sala, cruzando un obscuro vestÃbulo donde montaba la guardia una gran estufa negra, que parecÃa un gato sin cabeza con un ojo rojizo y omnividente en medio del estómago.
—Haga el favor de sentarse —dijo la muchacha, cerrando la puerta tras ella.
Oà como arrastraba sus zapatillas de orillo por el corredor adelante, y el ruido de una puerta al abrirse, seguido de un gritito prontamente sofocado. Después silencio.