En una pension alemana
En una pension alemana —Henry; no tengo ganas de volver a casa.
—SÃ, eso es precisamente lo fastidioso. Y no debemos ir. Debemos volver a la nuestra, y buscar una cacerola vieja para darle al gato la leche que haya quedado en el fondo de la jarra. Y no creas que lo digo en broma. No tengo ganas de bromear. Me siento muy solo sin ti, Edna. DarÃa cualquier cosa por tirarme aquà mismo al suelo y llorar —añadió, la voz desmayada—, llorar con la cabeza en tu regazo y sintiendo tu mejilla en mis cabellos.
—Pero, Henry —dijo ella acercándose—; tienes fe, ¿verdad? Quiero decir que estás completamente seguro de que tendremos una casa como ésta y todo lo que queramos, ¿no te parece?
—No es bastante; no, no es bastante. Tengo que verme sentado en esas mismas escaleras y tengo que quitarme estas mismÃsimas botas ahora mismo. ¿A ti sÃ? ¿Te basta con tener fe?
—Si no fuésemos tan jóvenes —exclamó ella muy afligida—. Y ya ves —suspiró—. Yo no me siento tan joven; ya me parece tener veinte años cuando menos.