En una pension alemana
En una pension alemana Si yo tuviera dos alitas de pluma
Y fuese un pintado pajarilla,
Hacia ti volaría, mi bien amada.
»“No, no amor mío.” ¡Porque el aguardar es también una especie de paraíso! ¿Podrías comprender eso? ¿Has oído decir alguna vez que una casita pueda estar de puntillas? Pues ésta se halla ahora así.»
Bajó la escalera y se sentó en el escalón de delante de la puerta, abrazándose las rodillas. Aquella noche en que descubrieron su pueblo, Edna le preguntó «Tienes fe, Henry?» «Entonces no la tenía —pensó el joven—, pero ahora la tengo. Me siento como un Dios.»
Reclinó su cabeza en el marco de la puerta. Apenas si podía mantener los ojos abiertos. Y no es que tuviera sueño, pero... no sabía por qué... y el tiempo pasaba... y pasaba...
Creyó que lo que veía era una gran mariposa blanca que había venido volando carretera abajo a posarse sobre la puerta del jardín. Pero no, no era una mariposa, sino una niña con delantal. ¡Qué niña más bonita! Y en sueños le sonrió, y ella le sonrió a él también y se dirigió hacia donde estaba. «Pero no puede vivir aquí —pensó Henry—. Es nuestra casa. Aquí está ya.»