En una pension alemana

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¡Cielos, cómo la quería! Abrió la puerta de la alba habitación y la cerró tras nosotros. Bajamos la maleta, la valija de la correspondencia y Le Matin. Tiré por los aires mi pasaporte y el cabo chiquitín lo atrapó.

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Qué cosa más extraordinaria. Habíamos ido allí a comer y cenar todos los días; pero ahora, sola y a obscuras, no podía encontrarlo. Cloqueé con mis zuecos prestados, por el barro pegajoso, hasta llegar a las afueras del pueblo, y no había ni señales de él. Ni siquiera podía recordar su aspecto; si tenía el nombre pintado en la fachada o si a través de las vidrieras se veían las mesas y las botellas. Las casas de la aldea estaban ya cerradas para la noche con grandes postigos de madera. Extrañas y misteriosas, vistas entre la llovizna y con aquella luz harapienta y rastreante, semejaban una caterva de mendigos encaramados en las laderas del cerro con los senos repletos de oro mal habido, únicamente se veían soldados por allí. Al pie de un farol un grupo de heridos acariciaba a un perro sarnoso y temblón. Por la calle, venían cuatro muchachotes cantando: «Dodo, mon homme, jais vit dodo...» Iban cuesta abajo, de regreso a sus barracones tras la estación. Parecían llevarse con ellos el último hálito de la tarde. Regresé andando poco a poco.


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