En una pension alemana
En una pension alemana La sopa de pan habÃa sido servida.
—¡Ah! —dijo Herr Rat [1], inclinándose sobre la mesa para mirar dentro de la sopera—. Esto es lo que yo necesito. Hace varios dÃas que mi magen no está en regla. Sopa de pan en su punto justo de densidad.
Se volvió hacia mà y añadió:
—Soy un cocinero excelente.
—Qué interesante —exclamé, intentando infundir a mi voz el suficiente entusiasmo.
—SÃ, es preciso cuando uno no está casado. Por mi parte he obtenido de las mujeres todo cuanto quise sin casarme —se sujetó en el cuello la servilleta y sopló la sopa, sin dejar de hablar—. Ahora a las nueve hago un almuerzo a la inglesa, pero no tan fuerte como ustedes. Cuatro rebanadas de pan, un par de huevos, don lonchas de jamón frito, un plato de sopa, dos tazas de té... Para ustedes, nada.
Lo afirmó con tal vehemencia, que me faltó valor para refutarlo.
Todas las miradas convergieron en mÃ, y me pareció estar soportando el peso de todos los almuerzos disparatados de la nación. Yo que de mañana tomo una taza de café al tiempo de abrocharme la blusa.
—Nada —proclamó Herr Hoffmann de BerlÃn—. Ach! Cuando estuve en Inglaterra solÃa comer por la mañana.
