En una pension alemana
En una pension alemana Tengo que empezar otra vez a ir a la iglesia. Esto de sentarse junto al fuego y pensar resulta fatal. Además en la iglesia se cantan himnos y con los himnos una se puede expansionar impunemente. (Canturreando.) «Y ahora, por aquellos muertos más amados, nuestros mejores...» (Pero sus ojos se han tropezado con el párrafo siguiente de la carta.) «Ha sido usted muy amable al tejerlos con sus propias manos.» Vamos, vamos. ¡Esto ya es demasiado! ¡Qué detestablemente vanidosos son los hombres! Y se creerá que los he tejido yo. Vaya, cuando casi no le conozco; sólo he hablado con él unas cuantas veces. ¿Por qué diablos iba yo a tejerle unos calcetines? ¿Se creerá que voy a ir tras él? Porque eso viene a ser, sin duda alguna, el tejer calcetines... si se trata de un extraño. Comprar un simple par, ya es otra cosa. No, no le volveré a escribir; es cosa decidida.
Y además, ¿con qué fin? Podría llegar a interesarme de veras por él, sin que a él se le diera un pito; los hombres son así.