En una pension alemana
En una pension alemana «Tenemos que pedirle al viejo Hugo-Bugo que nos compre, al volver a casa, tres peniques de vainilla.» Luego se lo pasó a Connie Baker, que se puso terriblemente amoratada y estuvo a punto de escapársele un grito. Todas estaban echadas hacia atrás y bostezando. Todas miraban fijamente al redondo reloj, que parecÃa haberse vuelto más pálido también, y cuyas manecillas reptaban sin avanzar apenas.
—Un peu de silence, s'il vous plait —dejó oÃr Monsieur Hugo. Y alzó luego su mano tumefacta para añadir—: Señoritas, como hace tanto calor, no tomarán hoy más apuntes. Pero voy a leerles —hizo una pausa y sonrió con una ancha y amable sonrisa— una pequeña poesÃa francesa.
—¡Dios mÃo! —gimió Francie Owen.
—Bien, señorita Owen —le dijo Monsieur Hugo, sonriendo con sonrisa comprensiva— No es preciso que preste atención. Se puede dedicar a pintarse. Pongo a su disposición mi tinta roja, además de la suya negra.