En una pension alemana

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—No debes acordarte más de lo que acaba de suceder, hombrecito —dijo con voz ronca—. ¿Comprendes? Ya pasó todo. Todo se ha olvidado. No volverá a suceder jamás. ¿Me has entendido?

—Sí, papi.

—Y ahora lo que hay que hacer, chiquitín, es animarse y sonreír —concluyó Edward, mientras se esforzaba él mismo por hacerlo, aun cuando fuese con sonrisa trémula y exculpatoria—. A olvidarlo todo, ¿eh?, hombrecito, chiquitín...

Dicky seguía inmóvil en su cama. Y aquello era terrible. El padre se incorporó y fue hacia la ventana. El jardín estaba casi en sombras. La criada había salido de la casa y estaba recogiendo a manotadas la ropa blanca tendida en los arbustos, que iba amontonando sobre el otro brazo. Pero en el firmamento sin límites brillaba la estrella vespertina. Y el árbol de la goma, destacando su sombra en la pálida claridad, movía suavemente sus hojas. Todo esto lo veía Edward, mientras su mano buscaba las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón. Y, sacándolas, tomó una, una pieza flamante de seis peniques, y volvió hacia la cama de Dicky.

—Aquí tienes, chiquitín. Cómprate alguna cosa —dijo tiernamente dejando la moneda encima de la almohada.

Pero ¿podría, ni siquiera aquello, toda una moneda de seis peniques, borrar lo ocurrido?


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