En una pension alemana
En una pension alemana —Vamos, trae —y los plantó sobre la mesa, juntamente con sus largos guantes y la canastilla de los higos—. «La mesa para la comida», novela corta por, por... —me cogió del brazo—. Vamos a la terraza —y al decirlo noté que se estremecÃa—. Ca sent la cuisine —concluyó con voz desmayada.
En los últimos dÃas, habÃa observado —hacÃa un par de meses que vivÃamos en la Costa Azul— que cuando querÃa hablar de la comida, del clima o, en tono retozón, de su amor hacia mÃ, siempre recurrÃa al francés.
Nos sentamos sobre la balaustrada bajo el toldo. Beatrice, inclinada hacia fuera, mirando para abajo, hacia el blanco camino que corrÃa entre la doble hilera de lanzas de los cactos. La belleza de sus orejas, nada más que de sus orejas, maravillosas, era tanta, que después de contemplarlas me hubiera vuelto hacia toda aquella extensión del mar que relumbraba allá abajo para balbucir:
—Oh, qué orejas. Tiene unas orejas que sencillamente son lo más...
VestÃa de blanco. Llevaba un ramito de lirios del valle prendido en la cintura, un collar de perlas y en el dedo corazón de la mano izquierda, un anillo con una perla también; un anillo que no era una alianza matrimonial.