En una pension alemana

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UN ALMA MODERNA

—Buenas tardes —dijo Herr Professor estrechándome la mano—. ¡Qué tiempo más admirable! Acabo de volver de una jira en el bosque. Les estuve entreteniendo con el trombón. No puede imaginar qué acompañamiento más adecuado son los pinos para el trombón. Suspiran con tanta delicadeza ante fuerzas tan tenaces, como hice notar en una conferencia que di en Franckfurt sobre los instrumentos de viento. ¿Permite que me siente en el banco a su lado, gnädige Frau?

Se sentó y, tirando del bolsillo de atrás de su levita, sacó una bolsa blanca de papel.

—Cerezas —explicó sonriendo y con expresivos movimientos de cabeza—. No hay nada como las cerezas para producir saliva abundante después de tocar el trombón. Sobre todo tras el Ich Liebe Dich [12], de Grieg. Ese soplo sostenido en liebe me deja la garganta como el papel de lija. ¿Quiere unas? —añadió agitando la bolsa ante mí.

—Prefiero vérselas comer a usted.

— ¡Ja, ja! —cruzó las piernas, sujetando la bolsa de las cerezas con las rodillas a fin de tener libres las manos.


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