En una pension alemana
En una pension alemana La verdad es que Sabina no vivía una vida muy sosegada. De la mañana a la noche andaba al galope. A las cinco en punto se tiraba de la cama, se abrochaba el vestido negro de alpaca con largas mangas, que usaba bajo el delantal, y bajaba a tientas la escalera para ir a la cocina.
Anna, la cocinera, había engordado de tal modo durante el verano, que le encantaba la cama. Estando allí no necesitaba usar corsé, y podía ponerse a sus anchas, dando vueltas y vueltas en el amplio colchón, lamentándose ante Jesús y María y el propio san Antonio de llevar una vida peor que la de un cerdo.
Sabina era principianta. Aún le brotaban en las mejillas sonrosados colores. Al lado izquierdo de la boca tenía un hoyuelo que, aun cuando se pusiera muy seria y muy absorta, le salía y la traicionaba.
