Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo en el suelo y en el aire. Yo era yo, y a la vez ere soldado, el paisano ése, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía, discurriendo como él: —¡Qué ingrata y qué mala fue Petrona! —y discurriendo como yo mismo—: Byron, tan calumniado, tiene razón: en todo clima, el corazón de la mujer es tierra fértil en afectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida, saben, como la Samaritana, prodigar el óleo y el vino—. De repente, yo era Antonio, el ladrón del padre de Petrona, ora el juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro: En el instante mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del delirio, llegaban al colmo. Había vuelto a tomar el hilo del sueño anterior —no sé si al lector le suele suceder esto—, y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la visión de la gloria, cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios, murmurando:

Dall’ Alpi alle Piramide

Dall’ Mansanare al Reno,

…………………………………

Dall’ uno all’ altro mare.


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