Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.
La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.
Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.
Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda, ocurrirÃan.
El toldo más próximo estarÃa distante de nosotros unos mil metros.
Divisábamos algo colorado.
Los soldados, con ese ojo de águila que tienen tan bueno como el mejor anteojo, decÃan si eran indios o chinas, los contaban y se reÃan a carcajadas.
Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:
—De aquel toldo salen tres chinas enancadas… y vienen para acá.
En efecto, no tardamos en verlas llegar, deteniéndose a cien metros de nuestro volante campamento.
Mandé que el lenguaraz les hablara; dÃjoles que era yo, el coronel Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.
Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mÃ.
Me acerqué a ellas. ¡Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una asà asÃ.