Una excursión a los indios Ranqueles

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La última frase, sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección a los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar a Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano.

—¿A ver qué es aquello?

Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda certidumbre, me contestó:

—Son las cargas, señor.

—¿Estás cierto?

—Sí, mi Coronel.

—¡Arriba todos! —grité—. ¡A la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón, que ya llegan las cargas!

Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose a todos los vientos; y cuando cada cuál regresaba con su carga, la nubecilla que había ido avanzando sobre nosotros transparentaba claramente, a la vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás y las cuatro cargas con los ornatos sagrados pertenecientes a los franciscanos, la yerba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba a los caciques principales.


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