Una excursión a los indios Ranqueles

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Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.

Sólo cuando parecía calmado, Villarreal, medio entre San Juan y Mendoza, valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo a mí con paso vacilante y aire receloso, me dijo:

—Tenga paciencia, mi Coronel.

—¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla? —le contesté.

Siguió rogándome que me calmara y yo contestando, y, después de escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos muy amigos.

Hecha la comedia, pedí más aguardiente, y volví, a convidar a los indios del fogón.

Por supuesto que la señora de Villarreal y su hermana no dejaron de dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta frase: tenga paciencia, señor.

Viendo que los huéspedes se iban caldeando creí oportuno hacer cesar las libaciones.

—Dando, dando más, Coronel —me decían varios a la vez, ya caldeados, queriendo rematar.

No hubo tu tía.

Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.


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