Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres asÃ, y nótese que digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo dicho, el otro se llamará «cuatro ojos» éste «cuero de tigre», aquél «cabeza de buey», y asÃ.
En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos, varios indios de importancia, luego alguna chusma y por fin algunos cristianos de la gente de un titulado coronel Ayala que fue de Saa, extraviado polÃtico, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y consideración.
Estos cristianos estaban armados de fusil y carabina, que no brillaban por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad hacÃan las salvas en honor mÃo. Ayala los dirigÃa. El padre Burela, que, como se sabe, habÃa llegado de Mendoza dos dÃas antes que yo, con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de cautivos, también andaba por allÃ, ocupando un puesto preferente. Jorge MacÃas, condiscÃpulo mÃo en la escuela del respetable y querido señor don Juan A. de la Peña, cautivo hacÃa dos años, andaba el pobre como bola sin manija.
La morada de Mariano Rosas consistÃa en unos cuantos toldos diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de Ayala, en un corral y varios palenques.