Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me habÃa de hacer célebre yo. ¿Qué más podÃan hacer los bárbaros?
Mucho me habÃa costado llegar a Leubucó y asentar mi planta en los umbrales de la morada de Mariano Rosas.
Pero ya estaba allÃ, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, sin más percances que el susto a inmediaciones de Aillancó, a consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.
Haber pretendido otra cosa habrÃa sido querer cruzar el mar sin vientos ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela; o como dice el refrán, comer huevos sin romper cáscaras.
Me parece que tenÃa por qué conceptuarme afortunado, o en términos más cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!
Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme a saludar a Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenÃa al frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.