Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse a darle la mano al general Mariano; que haga con él y con los demás que salude, lo mismo que ellos hagan con usted.
—¿Y qué diablos van a hacer conmigo? —le pregunté.
—Nada, mi coronel, cosas de los indios, asà es en esta tierra —me contestó.
—Supongo que no será alguna barbaridad —agregué.
—No, señor; es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de verlo y medio achumados —repuso.
—Pero, poco más o menos, ¿qué me van a hacer? —proseguÃ.
—Es que han de querer abrazarlo y cargarlo —respondió.
—Pues si no es más que eso —murmuré para mis adentros—, no hay que alarmarse —y como cuando grita uno a los que acaudilla en un instante supremo—, ¡adelante! ¡adelante! ¡Caballeros! —dije mirando a mis oficiales y a los dos franciscanos, que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los miraban—: Vamos a saludar a Mariano.
Avancé, me siguieron, llegamos a tiro de apretón de manos del Cacique y comenzó el saludo.