Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Allà habÃan preparado asientos. ConsistÃan en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos o tres formaban el lecho, otros tantos arrollados, el respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me designaron a mà miraba al naciente; a la derecha, en la primera hilera, veÃase un asiento, que era el mÃo, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de ponchos a derecha e izquierda, formando almohadones.
Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad, con las piernas cruzadas a la turca, estiradas, dobladas; acostarse, reclinarse o tomar la postura que se quisiera.
Frente a frente de mà se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. ConvenÃa que todos los circunstantes oyesen mis razones para que llevasen lenguas a sus pagos y se hiciese en favor mÃo una atmósfera popular.