Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Las cucharas eran de madera, de hierro de plata; los tenedores lo mismo; los cuchillos comunes.

Sirvieron a todos, a los recién llegados y a las visitas que me habían precedido.

A cada cual le tocó un plato con una fuente.

Mientras se comía, se charlaba.

Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en ella, sin tener que dar ejemplo a mis hijos.

Comía como un bárbaro —me acomodaba a mi gusto en el magnífico asiento de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía a la punta de la lengua y hacía reír a los indios ni más ni menos que Allú a la concurrencia.

Al que se me acercaba, algo le hacía: o le daba un tirón de narices, o le aplicaba un coscorrón, o le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.

Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.

Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes pantagruélicos, lleno de asado de vaca riquísimo.

Materialmente me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer a manteles que en el suelo y en Leubucó.

Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, a manera de postre; es bueno.


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